Lectura Bíblica

Salmo 148:13-14, Dios Habla Hoy

13      ¡Alaben todos el nombre del Señor,
pues solo su nombre es altísimo!
¡Su honor está por encima del cielo y de la tierra!
14      ¡Él ha dado poder a su pueblo!
¡Sea suya la alabanza de todos sus fieles,
de los israelitas, su pueblo cercano!

¡Aleluya!

Somos llamados a albar a Dios y no tener otros dioses ajenos delante de nuestro Dios. Esto es muy sencillo: nos concentramos en el único Dios invisible y nos ponemos en posición de meditación. Oramos y cantamos a Dios. Pero, aquí parace decir algo muy extraño, “¡Alaben todos el nombre del Señor,…”. ¿Cómo podemos alabar el nombre de Dios? Se supone que alabamos a una persona, no el nombre de la persona. Esta es una forma de decir que es dificil diferenciar entre un titulo o un nombre y la persona que lo lleva.
Cuando Dios se presentó en la zarza ardiendo a Moisés, le dijo que su nombre era “Yo Soy el Que Soy”. Esta era una forma extraña de presentarse, pues en la cultura hebrea nadie “es”. Ya que todos cambiamos con el paso del tiempo. Todos vamos progresando y mejorando o empeorando nuestro crácter. Pero, Dios no tiene este problema. Dios no está en un proceso existencial por el cual tenga que ir adquiriendo mejores dotes de carácter divino. Cuando Moisés escuchó ese nombre, inmediatamente se dio cuanta de las consecuencias. Para Moisés, ese Dios era Santo. Por eso le dijo que se quitara las sandalias antes de que se acercara más a la zarza ardiendo. Pero esa santidad no era solo algo de aquel lugar, sino algo permanente en el carácter de Dios. Dios siempre es Santo, y es tan santo antes como lo es hoy. Núnca cambia. Su nombre es inmutable.
Por eso es que lo debemos alabar, pues no es un Dios que necesite arrepentirse en los tratos con los humanos. Al contrario, sus juicios son santos y siempre buenos. Alabar a Dios es alabar su nombre, que es eterno, que siempre permanece igual a pesar de la adversidad.
Dios da el poder a su pueblo cuando su pueblo le adora. Cuando su pueblo aceptar con regocijo que tienen como protecto a un Dios que “es” santo. Que no va a ser manipulado para rebajar su santidad a un nivel de conveniencia con su pueblo. Si su pueblo se olvida de su pacto, Dios le recordará a su pueblo que él sigue siendo santo y que núnca cambia. Que no va a  ceder ni ba a dejar que su pueblo se olvide de ese nombre.

Oración:
Serñor, tú eres santo y tienes el poder para hacer que tu pueblo conosca tu santidad. Tú eres bueno y tu bondad alcanza toda la eternidad. Sobre todo, eres un Dios de miseridoridia. Tu misericordia es manifiesta en le mismo momento en que tu propio Hijo amado era traspasado por amor de nosotros, en el monte clavario. No permitas que mis faltas y mis tropiesos sean un estorobo a tu eterna misericordia. Amen.

 Estamos a unas horas de iniciar diciembre acompañado de las fiestas navideñas, las fiestas del advenimiento de Jesucristo, luego de haber iniciado la estación de Adviento el último domingo de noviembre. Mateo nos ofrece como prólogo de su Evangelio el árbol genealógico de Jesús (1:1-17), como dato de trasfondo a la narración de su nacimiento. Aunque se trataba de una estrategia de Mateo para validar el mesianismo de Jesús ante sus lectores judíos, nos hace recordar que, como parte de un proceso para que un individuo elabore mejor su identidad, se le recomienda que se asesore con un profesional para elaborar un genograma o mapa familiar, ejercicio que le hará descubrir valles y montañas en su herencia generacional para concluir con un autoconocimiento más pleno (1).

 En el caso de nuestro Señor, se nos muestra como un vástago o renuevo (Jer. 23:5) al final de un árbol con muchas ramas. Los 43 nombres mencionados corresponden a personas tan diferentes que no podrían por sí mismos lograr un todo organizado. Incluso, sorprende que Mateo haya alterado la tradición de su pueblo de no incluir mujeres en las genealogías. Nos menciona a cinco mujeres: Tamar, Rahab, Ruth, Betsabé y María. Y sucede a pesar de que dos de ellas, Tamar y Rahab practicaron la prostitución, y de que Betsabé fue tomada en adulterio, circunstancia que según San Jerónimo simbolizaba la disposición de Jesucristo a recibir a todos los pecadores. Y también a pesar de que Tamar, Rahab y Ruth eran gentiles, circunstancia que para Lutero hablaba de la apertura del Salvador de recibir en su salvación a personas de todos los pueblos de la tierra (2). Sin duda que estos ejemplos, y otros no mencionados, que parecen accidentes de la genealogía de Jesús, van a tono con el propósito de Dios de no buscar a los grandes de la tierra para iniciar la iglesia de su Hijo, sino, “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1ª Co. 1:17-19).

 Ninguno de los personajes de la genealogía de Mateo le da coherencia a ese árbol, ninguno sirve para tomar todos los cabos y unirlos en un todo lógico. Todo el conglomerado se organiza por causa de Cristo. Son nombres que se van entrelazando buscando su punto de llegada, y su meta es el Mesías. Es como un rompecabezas de 1000 piezas que, para armarlo, es necesario el cuadro con el paisaje para que sirva de guía. Todas las piezas se unen por causa y bajo la guía del Renuevo.

Queremos decir que la historia de la humanidad, compuesta de múltiples pedazos divergentes, encuentra su unidad en Cristo. No podemos conformarnos con la visión relativa y subjetiva de Schleiermacher acerca del papel de Dios en la historia, como dice, “Dios está presente, no en los hechos objetivos históricos, sino en la conciencia subjetiva del hombre histórico” (3). La historia no marcha sin rumbo, proviniendo de la nada y hacia la nada, como piensan los nihilistas. La historia no es cíclica, regresando vez tras vez a su punto de partida para reiniciarse de nuevo, según nos lo explicaba Marx. La historia es lineal y progresiva, avanza hacia un desenlace, obedeciendo todo a un plan divino, sin negar con esto la libertad real que tenemos los humanos para tomar decisiones acertadas o erradas. Cristo está uniendo las partes inconexas para formar un todo, reinando ya como el Señor de la historia. Podemos abrazar la idea de Gustavo Gutiérrez en el sentido de que “La salvación en Cristo da su sentido último al conjunto de la historia humana y la lleva más allá de ella misma. Pero por eso mismo está ya presente en la historia, la acción salvífica de Dios la trabaja desde dentro… El proceso avanza hacia una plenitud humana” (4). San Pablo expresa esto mismo empleando un lenguaje desbordante, “…el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Ef. 1:9,10).  

Por otro lado, muy bien puede decirse lo mismo de nosotros. Nuestra vida se organiza solamente bajo la coordinación de Cristo gobernando nuestra voluntad. La gente llega a sentir una insustancialidad, una vacuidad, sin saber qué hacer con su vida, si no está llena del Espíritu de Jesucristo. Tanto el hombre religioso del capítulo tres de San Juan, como la mujer pecadora del capítulo cuatro tenían vidas fragmentadas, pero a ambos el Señor los guio a armar el rompecabezas. Ya sea que veamos el inquietante devenir de la historia, o el extravío personal y social de quienes no logran poner los elementos de su vida en su lugar, la genealogía prenavideña de Jesucristo nos llama a obtener esperanza en él. Cristo enseñoreándose de la historia humana, y de los seres humanos, puede darnos sentido y propósito, en él se unen todas las partes, en él estamos completos, podemos tener esa esperanza “que no avergüenza” (Ro. 5:5).

 Pbro. Bernabé Rendón M.

  • Maldonado, Dr. Jorge E., El Ciclo Vital de la Familia, EIRENE Internacional, Bell Gardens, Ca., 2000, p. 287-291.
  • Ravasi Gianfranco, El Misterio de Navidad, Ediciones Paulinas, Madrid, 1984, p. 16.
  • Moltmann, Jürgen, ¿Qué es Teología Hoy?, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1992, p. 90.
  • Gutiérrez, Gustavo, La Verdad os Hará Libres, Ediciones Sígueme, 1990, p. 149, 153.

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“Estoy convencido que la primera prueba de un gran hombre consiste en la humildad”.

John Rusking.

 

Todos estamos convencidos que es mucho más placentero tratar con una persona humilde que con una persona arrogante. Pero no estamos conscientes de su implicación. Tener como amigo a una persona humilde es algo difícil de manejar. Puesto que tienes a alguien que por su humildad está dispuesto a decir y actuar sin necesidad de que pierda su lugar de prominencia, estás expuesto a ser confrontado por alguien que te dirá las cosas con cierta sumisión. No tratará de convencerte sin no aceptas su corrección, cuando estás en un error. Puede ser alguien que te deje fracasar en tu intento de mejorar, ya que no se querrá imponer ante tu insistente terquedad. Pero, ¿A qué se debe ese aparente desdén? Veamos lo que dijo Pedro a la Iglesia en sus comienzos:

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su debido tiempo. Echad toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros. 1 Pe 5:6–7 RVR

La grandeza de una persona humilde está en la confianza que tiene en Dios. Sabe que todas sus relaciones personales están siendo sostenidas por la mano de Dios. No busca tratar de imponer sus opiniones a pesar de que tenga mejores razones que las nuestras. Sabe que a su tiempo Dios le dará la razón y entonces encontrará una mejor avenida para llevarnos a la verdad.

La invitación de Dios es que seamos humildes, no porque sea una mejor manera dominar a los demás. Por el contrario, es una manera en que le permitimos gobernar a Dios nuestras vidas y las vidas de los demás.

Oración:

Dios, creador nuestro haz de mi vida un instrumento de tu grandeza. Tú enviaste a Jesús, tu hijo amado a morir en el calvario. Lo enviaste a mostrarnos la verdad de tu amor a pesar de la dureza de nuestro corazón. Dame un corazón semejante a Cristo para sentir en mi corazón la grandeza de tu poder que obra a pesar de la bajeza de mi ser. Amen.

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El joven sacerdote José Mohr preparaba un sermón basado en la narración de San Lucas del nacimiento del niño Jesús. Podía escuchar la alegría de los niños a quienes se les permitía dormir hasta tarde esa noche, cantando entre risas villancicos navideños, música que no le interrumpía en su meditación. Era el 24 de diciembre de 1818, en Hallein, en los Alpes austriacos. Lo que sí lo interrumpió fueron los golpes a su puerta de una campesina que le rogó fuera a un lugar escarpado donde una mujer, esposa de un carbonero, acababa de dar a luz y la pareja deseaba una oración por la criatura.

Mohr regresó de aquella visita fuertemente impresionado por el relato de Lucas, que ahora había comparado con la joven madre sosteniendo a su hijo en la montaña donde fue a orar. Literalmente dedicó esa noche a componer versos que representaran las palabras angelicales de la primera Navidad, “…y en la tierra, paz…” Y así, en la mañana del 25 de diciembre tenía un poema. Ese mismo día, Francisco Javier Gruber, maestro de música en la escuela de Hallein, compuso la música para ese poema.

El órgano de la iglesia estaba descompuesto, así que, acompañados con una guitarra de Gruber, ambos enseñaron a los niños este nuevo canto navideño. Gruber comentó: “Después de todo, Dios nos escucha aunque cantemos sin el órgano”. Ninguno de los dos sabían en ese momento que acababan de componer en aquella Navidad uno de los himnos cristianos más cantados por todos los rincones del planeta, el himno Noche de Paz.

En otra región austriaca, la de Zillertal, había un técnico organero, quien fue a reparar el órgano de Hallein. Cuando Gruber hizo la prueba del órgano, tocó Noche de Paz, y el organero quedó impresionado, pidiendo permiso para tocar en su lugar de origen ese himno. Así fue como aquel técnico enseñó el himno a cuatro niños de Zillertal, los hermanos Strasser, que tenían una voz incomparable; ningunos otros lograban los ensambles que Carolina, José, Andreas y Amalia podían ejecutar con tan dulce armonía.

Los niños Strasser acompañaban a su modesto padre, un fabricante de guantes, en sus viajes hacia el norte, especialmente a la populosa ciudad de Leipzig, donde en su feria anual había oportunidad de comercializar los guantes de gamuza. En algunos momentos, allí entre el bullicio, los niños cantaban de manera espontánea. A veces entonaban Noche de Paz, y la gente se detenía para escuchar el himno que fascinaba a todos los oídos. Un día, el mismo Pohlenz, Director General de Música de Sajonia, se detuvo, y dio a los niños boletos para asistir a un concierto que él dirigiría ahí en Leipzig. Los cuatro niños no podían creer semejante maravilla, asistir a un concierto.

Cuando entraron al lugar, fueron llevados a sus asientos, sintiéndose apabullados por la elegancia de los ropajes y la compostura de los asistentes. Al final del concierto, Pohlenz se puso de pie y anunció que estaba en la audiencia una familia de niños cantores, a quienes pidió pasar al frente ante la atención de todos, incluso de Sus Majestades el Rey y la Reina de Sajonia que estaban presentes. Y Pohlenz ¡les pidió que cantasen algo! Ante el aplauso de la concurrencia, los niños estaban aterrados, pero la menor, Amalia, dijo a sus hermanos: “Lo mejor es cerrar los ojos y figurarnos que estamos en la casa cantando solos”. Comenzaron cantando Noche de Paz, himno que al terminar sobrecogió a la audiencia al grado de quedar en silencio antes de poder iniciar los aplausos. Luego entonaron otras canciones, pero al final repitieron, como un regalo al público, Noche de Paz.

Los mismos reyes hablaron con el padre de los niños y los invitaron a acudir al palacio en el día de la Navidad, para cantar este himno. Así, en la Nochebuena del año 1832, en la Capilla del Palacio Real de Pleisenburgo, los cuatro niños Strasser entonaron Noche de Paz. De este modo, desde aquel Palacio el himno compuesto por dos compositores desconocidos voló a las bocas de los cristianos de todo el mundo.

Cada año se cantó en las navidades este hermoso himno allá en Hallein, utilizando la misma guitarra de Gruber, costumbre que se suspendió en 1938 cuando Austria dejó de existir como país al ser ocupada por los nazis (actualmente es la Segunda República de Austria, por la reorganización que vino luego de la II Guerra Mundial). A pesar de eso, ya nada podía detener este himno que funge como un eco que no deja apagar el anuncio del ángel a los pastores de Belén, “…en la tierra, paz…”   

Pbro. Bernabé Rendón M.